sábado, 5 de marzo de 2016

Relato: «Silla para dos viajeros».

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Recuerdo haber sido en el ayer una persona que buscaba, no encontraba, sólo buscaba. Era parte de aquellos que una vez, Jaime Sabines llamó, "Los amorosos". Capaz de transitar por calles y luego dejarlas atrás mientras las lloraba. Me costaba echar raíces en un solo lugar. Me complicaba el nadar en un solo estanque de aguas ya conocidas.
Me preocupaba el amor, siempre me estaba yendo hacia alguna parte. 
Me encontraba solo, en sus extremos. Entregándome una y otra vez, esperando, no sé qué, pero esperando.
Me reía de los enamorados, me burlaba de aquellos que jugaban el triste juego del amor. Vacío, pero vacío aunque lo negase todo el tiempo.
¡Ah! Por los dioses que no existen, un día la vi, y quise huir, correr lejos, juro que quise hacerlo. 
Mujer de baja estatura y pelos brillantes, risa folclórica y mejillas que aun sospecho que guardan un tesoro.
Doy mi palabra que no miento cuando digo que lograba olvidar lo híbrido de mis pasiones cuando la tenia cerca.
Probé del amargo y adictivo sazón de un " amoroso", saboree los labios del puñal que firmaría mi destino.
Ella me maquilló los miedos, las memorias y preparó café a las ideas de aniquilar las viejas costumbres de pisar la vereda para luego olvidarla.
Me encuentro (o quizá nos encontramos), construyendo una humilde casa bajo los escombros de un pasado a medias y de las bueno que ella me ofrece, mientras que a la vez, la inmortalizo; pues no tengo más nada que ofrecerle que una mirada distinta al resto y relatos en analogías y metáforas rebuscadas, de un pésimo escritor con agallas.
Y sólo queda decir: gracias por el puente que trazaste sobre la vida de este vagamundo, puente que lo conecta a ti y a lo que siempre esperé, aunque no lo supiera.

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