jueves, 11 de agosto de 2016

Literatura: Atrapado en vida (relato)

Por: Henry Pantoja Castellanos

Emiliano Villa
La muerte del réprobo 

creación 1893



Recuerdo el cielo de aquella tarde lluviosa, recuerdo que no era lo suficientemente oscuro como para que se precipitara el agua del cielo.

Me encontraba en el cementerio de una ciudad muy caliente, en el norte de Colombia. Mientras me dirigía a la tumba de una vieja amiga, se acercó a mí un chico. Vestía un pantalón negro, una camisa gris con una frase cuyo idioma no reconocí, botas marrones y lentes circulares y oscuros. Mientras caminaba me preguntó hacia dónde me dirigía, a lo que yo contesté, frunciendo el ceño, «hacia la tumba de Laura Lozano». Sin vacilación alguna señaló hacía una gran estatua de Jesús que se encontraba en lo más alto del lugar.

–¿Cuál es tu nombre? – le pregunté–.

–Todos tenemos uno, y ni siquiera significa lo que verdaderamente uno llega a ser.

Aunque me parecía muy extraño, no le di mucha atención. Yo sólo quería ver aquella lápida y reconocer el nombre de quien una vez fue el ser humano más importante en mi vida.

–Al comienzo vienen seguido, lloran y derraman tantas lágrimas cuanto pueden, pero luego son menos y menos frecuentes. Es extraña la memoria del que vive, pues tiende a olvidar incluso las emociones –dijo el chico cuyo nombre seguía sin conocer–.

–¿Trabajas aquí? –pregunté desinteresado–.

–Más que eso, el lugar es como mi hogar, lo ha sido durante años.

Pensé que era muy joven como para trabajar en un lugar como ese, aunque, de nuevo, no le di mucha atención a sus respuestas.

Llegué, por fin, a la tumba. Se veía que durante los tres años que habían pasado, nadie había visitado su sepulcro. Se encontraba sucio, lleno de hojas y el pasto ya estaba crecido alrededor de la lápida.

Me senté a limpiar, y con mis manos arranqué la gruesa hierba que veía que rodeaba toda la lápida. El chico me miraba como con dedicación, y luego dijo unas palabras que me dejaron frío como muerto.

–No eres tú quien limpia su tumba, es ella quien quita las hojas secas de la tuya.

Estaba paralizado, pero mi corazón palpitaba de inquietud. Mis piernas... mis piernas temblaban. No entendía qué sucedía en aquel cementerio, no entendía que sucedía en mí. Cuando mi cuerpo respondió a lo que mi cerebro ordenaba, corrí. Traté de salir del cementerio, pero una fuerza mayor a la mía me lo impedía. En la desesperación de no poder entender la situación, reconocí el rostro del chico, y recordé su nombre... Era Ismael, el chico que muchos quisieron que fuera, pero que no pude llegar a ser.

Barranquilla, Colombia, 2016

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